viernes, 7 de agosto de 2009

El rey y el pozo

Había una vez un rey sabio y poderoso que gobernaba en la remota ciudad de Wirani. Y era temido por su poder y amado por su sabiduría.
En el corazón de aquella ciudad había un pozo cuya agua era fresca y cristalina, y de ella bebían todos los habitantes, incluso el rey y sus cortesanos, porque en Wirani no había otro pozo.
Una noche, mientras todos dormían, una bruja entro en la ciudad y derramó siete gotas de un extraño líquido en el pozo, y dijo:
-De ahora en adelante, todo el que beba de esta agua se volverá loco.
A la mañana siguiente, salvo el rey y su gran chambelán, todos los habitantes bebieron el agua del pozo v enloquecieron, tal como lo había predicho la bruja.
Y durante aquel día, todas las gentes no hacían sino susurrar el uno al otro en las calles estrechas y en las plazas públicas:
-El rey está loco. Nuestro rey y su gran chambelán han perdido la razón. Naturalmente, no podemos ser gobernados por un rey loco. Es preciso destronarlo.
Aquella noche, el rey ordeno que le llevasen un vaso de oro con agua del pozo. Y cuando se lo trajeron, bebió copiosamente y dio de beber a su gran chambelán.
Y hubo gran regocijo en aquella remota ciudad de Wirani. porque el rey su gran chambelán habían recobrado la razón.

jueves, 6 de agosto de 2009

Tienes razón

Un anciano sabio se paseaba con tres de sus discípulos en el jardín de su pueblo. Viendo un limaco que devora una lechuga el primer discípulo lo aplasta con el pie.

El segundo dice entonces: -Maestro, ¿no es pecado aplastar esta criatura?

El maestro le responde: -Tienes razón, así es.

-Pero el comía nuestro alimento, ¿no he hecho bien?

El maestro le responde: -Tienes razón.

El tercero dijo: - Ambos dicen cosas contradictorias, no pueden los dos tener la razón.

Y el maestro le respondió: -Tienes razón.

no-violencia

Una serpiente había mordido a tantos habitantes de la aldea que eran muy pocos los que se atrevían a aventurarse en los campos. Pero era tal la santidad del Maestro que se corrió la noticia de que había domesticado a la serpiente y la había convencido de que practicara la disciplina de la no-violencia.

Al poco tiempo, los habitantes de la aldea habían descubierto que la serpiente se había hecho inofensiva. De modo que se dedicaban a tirarle piedras y a arrastrarla de un lado a otro agarrándola por la cola.

La pobre y apaleada serpiente se arrastró una noche hasta la casa del Maestro para quejarse. El Maestro le dijo: "Amiga mía, has dejado de atemorizar a la gente y eso no es bueno".

"¡Pero si fuiste tú quien me enseño a practicar la disciplina de la no-violencia!"

"Yo te dije que dejaras de hacer daño, no de silbar".