lunes, 28 de junio de 2010
viernes, 18 de junio de 2010
Una piedra que vive en el campo
Cuando Yao fue a inspeccionar el territorio de Hoa, el oficial responsable le dijo: “¡Oh, sabio! Os deseo prosperidad y longevidad”.Yao le contestó: “¡Cállate!”. Pero el oficial continuó: “Os deseo la riqueza”. Yao insistió en que callara. Pero el oficial concluyó: “Y un gran número de hijos varones”.
“¡Cállate!”, le dijo Yao por tercera vez pero el oficial repitió: “Longevidad, riqueza, posteridad masculina, todos los hombres desean esas cosas, por qué vos sois el único que no las queréis?”
Yao respondió: “Porque quien tiene muchos hijos, tiene muchas inquietudes; quien tiene muchas riquezas, tiene muchas ocupaciones y problemas; quien vive mucho tiempo soporta muchas contradicciones. Estos tres inconvenientes se oponen a la cultura de la virtud moral, he aquí por lo que no los quiero”.
Entonces el oficial le dijo: “Entonces ya no os considero sabio sino un hombre ordinario. A todos los individuos que procrea, el Cielo les da el sentido necesario para saber comportarse; así pues vuestros hijos ya se espabilarían por si mismos. Para deshaceros de las riquezas molestas, sólo tendríais que repartirlas. Os preocupáis más de lo que le corresponde a un sabio. El sabio verdadero vive en este mundo como una piedra vive en el campo, sin apego a una casa, sin preocuparse de su comida. En tiempo de paz participa de la prosperidad común. En los tiempos difíciles, se ocupa de sí mismo y se desentiende de lo demás. Después de mil años, cansado de este mundo, lo deja para habitar entre los inmortales. Cabalgando una nube blanca, llega a la región del Soberano. Allí ninguna de las tres desgracias le alcanza: su cuerpo se mantiene durante mucho tiempo sin sufrimiento, ya no experimenta ninguna contradicción”.
Cuando hubo dicho todo eso, el oficial se alejó. Pero Yao corrió tras él porque le había reconocido como un sabio oculto y le dijo: “Tengo muchas preguntas que haceros”. “Dejadme tranquilo”, respondió el oficial.
“¡Cállate!”, le dijo Yao por tercera vez pero el oficial repitió: “Longevidad, riqueza, posteridad masculina, todos los hombres desean esas cosas, por qué vos sois el único que no las queréis?”
Yao respondió: “Porque quien tiene muchos hijos, tiene muchas inquietudes; quien tiene muchas riquezas, tiene muchas ocupaciones y problemas; quien vive mucho tiempo soporta muchas contradicciones. Estos tres inconvenientes se oponen a la cultura de la virtud moral, he aquí por lo que no los quiero”.
Entonces el oficial le dijo: “Entonces ya no os considero sabio sino un hombre ordinario. A todos los individuos que procrea, el Cielo les da el sentido necesario para saber comportarse; así pues vuestros hijos ya se espabilarían por si mismos. Para deshaceros de las riquezas molestas, sólo tendríais que repartirlas. Os preocupáis más de lo que le corresponde a un sabio. El sabio verdadero vive en este mundo como una piedra vive en el campo, sin apego a una casa, sin preocuparse de su comida. En tiempo de paz participa de la prosperidad común. En los tiempos difíciles, se ocupa de sí mismo y se desentiende de lo demás. Después de mil años, cansado de este mundo, lo deja para habitar entre los inmortales. Cabalgando una nube blanca, llega a la región del Soberano. Allí ninguna de las tres desgracias le alcanza: su cuerpo se mantiene durante mucho tiempo sin sufrimiento, ya no experimenta ninguna contradicción”.
Cuando hubo dicho todo eso, el oficial se alejó. Pero Yao corrió tras él porque le había reconocido como un sabio oculto y le dijo: “Tengo muchas preguntas que haceros”. “Dejadme tranquilo”, respondió el oficial.
martes, 15 de junio de 2010
Árbol Torcido
El maestro carpintero Cheu, en su viaje en el país de Tsí pasó junto al roble que daba sombra al cerro del Genio del lugar, en Koiu-yuan. Era tan grande que en el tronco de este árbol podía esconderse un buey. Se elevaba a ochenta pies de altura y su copa la formaban unas tan gruesas que en cada una de ella hubiera podido tallarse una barca. La gente acudía por decenas para admirarlo.
El carpintero pasó junto a él sin echarle ninguna mirada. Asombrado, su aprendiz le dijo: “Pero, ¡mirad!, desde que manejo el hacha jamás he visto una pieza de madera tan hermosa. ¡Y vos ni os dignáis mirarla!” “La he visto, dijo el maestro, inadecuada para hacer una barca, un ataúd, un mueble, una puerta, una columna. Madera sin utilidad práctica. Vivirá mucho tiempo”.
Cuando el maestro carpintero Cheu volvió de Tsí, pernoctó en Koiu-yuan. El árbol se le apareció en sueños y le dijo: “Es cierto, los árboles de madera hermosa son talados jóvenes. A los árboles frutales se les rompen las ramas con el frenesí de robarles los frutos. A todos ellos, su utilidad les resulta fatal. Así, yo soy feliz de ser inútil. A los árboles, nos ocurre lo mismo que a los hombres. Si eres un hombre útil, no llegarás a viejo”.
A la mañana siguiente el maestro le contó su sueño al aprendiz y éste le preguntó: “Si este gran árbol es feliz siendo inútil, ¿por qué permitió que le hicieran el Genio del lugar?” Su maestro le respondió: “Lo plantaron allí sin preguntarle su parecer y, además, el hecho de ser el genio del lugar le importa un comino. No es la veneración popular lo que protege su existencia, sino su incapacidad para las utilidades comunes. Su acción tutelar se reduce a no hacer nada. Así sucede con el sabio taoísta, que es colocado en un lugar a pesar suyo y se abstiene de actuar.
El carpintero pasó junto a él sin echarle ninguna mirada. Asombrado, su aprendiz le dijo: “Pero, ¡mirad!, desde que manejo el hacha jamás he visto una pieza de madera tan hermosa. ¡Y vos ni os dignáis mirarla!” “La he visto, dijo el maestro, inadecuada para hacer una barca, un ataúd, un mueble, una puerta, una columna. Madera sin utilidad práctica. Vivirá mucho tiempo”.
Cuando el maestro carpintero Cheu volvió de Tsí, pernoctó en Koiu-yuan. El árbol se le apareció en sueños y le dijo: “Es cierto, los árboles de madera hermosa son talados jóvenes. A los árboles frutales se les rompen las ramas con el frenesí de robarles los frutos. A todos ellos, su utilidad les resulta fatal. Así, yo soy feliz de ser inútil. A los árboles, nos ocurre lo mismo que a los hombres. Si eres un hombre útil, no llegarás a viejo”.
A la mañana siguiente el maestro le contó su sueño al aprendiz y éste le preguntó: “Si este gran árbol es feliz siendo inútil, ¿por qué permitió que le hicieran el Genio del lugar?” Su maestro le respondió: “Lo plantaron allí sin preguntarle su parecer y, además, el hecho de ser el genio del lugar le importa un comino. No es la veneración popular lo que protege su existencia, sino su incapacidad para las utilidades comunes. Su acción tutelar se reduce a no hacer nada. Así sucede con el sabio taoísta, que es colocado en un lugar a pesar suyo y se abstiene de actuar.
lunes, 14 de junio de 2010
¿Qué estás leyendo?
Un día, mientras que el duque Hoan, de Tsoi, estaba leyendo en la sala alta, el carretero Pien estaba trabajando en la confección de una rueda en el patio. De pronto, dejando su martillo y su cincel, subió las escaleras, se dirigió al duque y le preguntó: ·¿Qué estás leyendo?” “Las palabras de los sabios”, respondió el duque. “¿De los sabios vivos?” preguntó Pien. “De los sabios muertos”, dijo el duque. “¡Ah!, los detritus de los antiguos”, dijo Pien.
Irritado, el duque exclamó: “Carretero, ¿en qué te metes? Apresúrate a disculparte o mando que te sentencien a muerte”. Y entonces el carretero contestó: “Me disculparé como un hombre de mi oficio. Cuando fabrico una rueda, si lo hago con poca intensidad, el resultado será débil; si lo hago con mucha intensidad, el resultado será demasiado fuerte; si lo hago no sé como el resultado será conforme a mi ideal: una buena y hermosa rueda. Soy incapaz de definir este método, se trata de un truco que no puede ser expresado hasta tal punto que no he podido enseñárselo ni a mi hijo, ni a mis setenta nietos. Aún hoy, para obtener una buena rueda es necesario que la haga yo mismo. Los antiguos sabios difuntos cuyos libros estás leyendo, ¿han conseguido hacerlo mejor que yo? ¿Han podido depositar en sus escritos sus trucos, su genio, aquello en lo que consistía su superioridad frente al hombre vulgar? Si no es así, los libros que lees no son, como he dicho, más que los detritus de los antiguos, el desperdicio de sus espíritus, los cuales han dejado de ser”.
Irritado, el duque exclamó: “Carretero, ¿en qué te metes? Apresúrate a disculparte o mando que te sentencien a muerte”. Y entonces el carretero contestó: “Me disculparé como un hombre de mi oficio. Cuando fabrico una rueda, si lo hago con poca intensidad, el resultado será débil; si lo hago con mucha intensidad, el resultado será demasiado fuerte; si lo hago no sé como el resultado será conforme a mi ideal: una buena y hermosa rueda. Soy incapaz de definir este método, se trata de un truco que no puede ser expresado hasta tal punto que no he podido enseñárselo ni a mi hijo, ni a mis setenta nietos. Aún hoy, para obtener una buena rueda es necesario que la haga yo mismo. Los antiguos sabios difuntos cuyos libros estás leyendo, ¿han conseguido hacerlo mejor que yo? ¿Han podido depositar en sus escritos sus trucos, su genio, aquello en lo que consistía su superioridad frente al hombre vulgar? Si no es así, los libros que lees no son, como he dicho, más que los detritus de los antiguos, el desperdicio de sus espíritus, los cuales han dejado de ser”.
sábado, 5 de junio de 2010
viernes, 4 de junio de 2010
No sabía si el viento me arrastraba a mí o si yo arrastraba al viento
Lie Tzu tuvo a Lao Shang como maestro y a Po Kao Tzu como amigo. Cuando adquirió todos los conocimientos que le prestaron estos dos filósofos, volvió a su casa en alas del viento. Yin Sheng oyó esto y se hizo discípulo suyo, viviendo con Lie Tzu por espacio de muchos meses sin volver a su casa ni una sola vez. Durante su estancia con él, le rogo que le iniciara en sus artes secretas. Diez veces se lo pidió y no recibió respuesta. Impaciente, pues, le anunció que iba a dejarle, pero Lie Tzu no se dio por aludido.
Así pues, Ying Sheng se marchó, pero después de muchos meses volvió de nuevo, convirtiéndose otra vez en discípulo suyo.
Lie Tzu le dijo:
- ¿Por qué este incesante ir y venir?
Yin Sheng le contestó:
-Hace tiempo, señor, que esperé vuestro consejo, pero nada conseguí. Por esto me enojé con vos, pero ahora he dominado mi enfado y he vuelto.
Lie Tzu exclamó:
- Siéntate y te diré lo que aprendí de mi maestro. Después de servirle y gozar de la amistad de Po Kao por espacio de tres años, mi entendimiento nada se aventuraba a afirmar de lo bueno ni de lo malo, mis labios no se atrevían a hablar de ventajas ni pérdidas. Entonces, por primera vez mi maestro me dirigió una mirada y eso fue todo.
»Al cabo de cinco años se verificó un cambio. Mi entendimiento sabía discernir entre el bien y el mal, y mis labios hablaban ya de provecho y de pérdida. Entonces, por primera vez, mi maestro me sonrió. Después de siete años hubo otro cambio. Dejé a mi entendimiento obrar por sí mismo, pero ya no se ocupó más del bien ni del mal. Dejé a mis labios en libertad de acción, pero ya no hablaron de provecho o pérdida. Entonces, al fin, mi maestro me permitió sentarme a su lado.
»Al cabo de nueve años más, mi imaginación dio rienda suelta a sus reflexiones y mi boca dio paso libre a la palabra. De lo recto y de lo no recto, de lo provechoso y de lo inútil yo no tenía ya conocimiento ni en lo que se refería a mí ni a los demás. Ni siquiera sabía si mi maestro era mi instructor, ni si otro hombre era mi amigo. Lo interno y externo estaban juntos en Unión. Después de esto, no había distinción entre oído ni ojo, oreja ni nariz, nariz ni boca. Todo era lo mismo. Mi cerebro estaba helado, mi cuerpo en disolución, mi carne y huesos, mezclados. Yo vivía inconsciente de donde descansaba mi cuerpo y de lo que había bajo mis pies. Yo era llevado de aquí hacia allá por el aire, como las hojas que caen de los árboles. En resumen: yo no sabía si el viento me arrastraba a mí o si yo arrastraba al viento.
»Y tú, ¿aún no has pasado una estación completa en casa de tu maestro y ya has perdido la paciencia dos o tres veces? Porque, ahora, la atmósfera no levantará ni un átomo de tu cuerpo, ni siquiera la tierra será afectada por el peso de uno de tus miembros. ¿Cómo, pues, esperas caminar en el vacío o ser conducido por el viento?
Oyendo esto, Yin Sheng se sintió hondamente avergonzado. Difícilmente podía ni aún respirar y tardó mucho tiempo en pronunciar palabra
Así pues, Ying Sheng se marchó, pero después de muchos meses volvió de nuevo, convirtiéndose otra vez en discípulo suyo.
Lie Tzu le dijo:
- ¿Por qué este incesante ir y venir?
Yin Sheng le contestó:
-Hace tiempo, señor, que esperé vuestro consejo, pero nada conseguí. Por esto me enojé con vos, pero ahora he dominado mi enfado y he vuelto.
Lie Tzu exclamó:
- Siéntate y te diré lo que aprendí de mi maestro. Después de servirle y gozar de la amistad de Po Kao por espacio de tres años, mi entendimiento nada se aventuraba a afirmar de lo bueno ni de lo malo, mis labios no se atrevían a hablar de ventajas ni pérdidas. Entonces, por primera vez mi maestro me dirigió una mirada y eso fue todo.
»Al cabo de cinco años se verificó un cambio. Mi entendimiento sabía discernir entre el bien y el mal, y mis labios hablaban ya de provecho y de pérdida. Entonces, por primera vez, mi maestro me sonrió. Después de siete años hubo otro cambio. Dejé a mi entendimiento obrar por sí mismo, pero ya no se ocupó más del bien ni del mal. Dejé a mis labios en libertad de acción, pero ya no hablaron de provecho o pérdida. Entonces, al fin, mi maestro me permitió sentarme a su lado.
»Al cabo de nueve años más, mi imaginación dio rienda suelta a sus reflexiones y mi boca dio paso libre a la palabra. De lo recto y de lo no recto, de lo provechoso y de lo inútil yo no tenía ya conocimiento ni en lo que se refería a mí ni a los demás. Ni siquiera sabía si mi maestro era mi instructor, ni si otro hombre era mi amigo. Lo interno y externo estaban juntos en Unión. Después de esto, no había distinción entre oído ni ojo, oreja ni nariz, nariz ni boca. Todo era lo mismo. Mi cerebro estaba helado, mi cuerpo en disolución, mi carne y huesos, mezclados. Yo vivía inconsciente de donde descansaba mi cuerpo y de lo que había bajo mis pies. Yo era llevado de aquí hacia allá por el aire, como las hojas que caen de los árboles. En resumen: yo no sabía si el viento me arrastraba a mí o si yo arrastraba al viento.
»Y tú, ¿aún no has pasado una estación completa en casa de tu maestro y ya has perdido la paciencia dos o tres veces? Porque, ahora, la atmósfera no levantará ni un átomo de tu cuerpo, ni siquiera la tierra será afectada por el peso de uno de tus miembros. ¿Cómo, pues, esperas caminar en el vacío o ser conducido por el viento?
Oyendo esto, Yin Sheng se sintió hondamente avergonzado. Difícilmente podía ni aún respirar y tardó mucho tiempo en pronunciar palabra
martes, 1 de junio de 2010
Sobre el Zen
Cuando un monje le pidió a Tchao Tchú que le instruyera en el Zen, esté dijo:
-¿Has tomado tu desayuno?
-Si, maestro, lo he tomado.
-Entonces vete a lavar los platos.
Esta respuesta abrió súbitamente los ojos del monje a la verdad del Zen.
-¿Has tomado tu desayuno?
-Si, maestro, lo he tomado.
-Entonces vete a lavar los platos.
Esta respuesta abrió súbitamente los ojos del monje a la verdad del Zen.
jueves, 11 de febrero de 2010
La benevolencia
El cielo y la tierra no tienen benevolencia alguna,
todas las cosas son para ellos como perros de paja.
El sabio no tiene benevolencia alguna,
el pueblo es para él como perro de paja.
El espacio entre cielo y tierra,
¿no semeja acaso a un fuelle?
Vacío y no se agota;
cuanto más se mueve,
más sale de él.
Cuanto más cosas conocemos,
más pobres nos hacemos;
es mejor conservar el vacío interior.
todas las cosas son para ellos como perros de paja.
El sabio no tiene benevolencia alguna,
el pueblo es para él como perro de paja.
El espacio entre cielo y tierra,
¿no semeja acaso a un fuelle?
Vacío y no se agota;
cuanto más se mueve,
más sale de él.
Cuanto más cosas conocemos,
más pobres nos hacemos;
es mejor conservar el vacío interior.
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