Cuando Yao fue a inspeccionar el territorio de Hoa, el oficial responsable le dijo: “¡Oh, sabio! Os deseo prosperidad y longevidad”.Yao le contestó: “¡Cállate!”. Pero el oficial continuó: “Os deseo la riqueza”. Yao insistió en que callara. Pero el oficial concluyó: “Y un gran número de hijos varones”.
“¡Cállate!”, le dijo Yao por tercera vez pero el oficial repitió: “Longevidad, riqueza, posteridad masculina, todos los hombres desean esas cosas, por qué vos sois el único que no las queréis?”
Yao respondió: “Porque quien tiene muchos hijos, tiene muchas inquietudes; quien tiene muchas riquezas, tiene muchas ocupaciones y problemas; quien vive mucho tiempo soporta muchas contradicciones. Estos tres inconvenientes se oponen a la cultura de la virtud moral, he aquí por lo que no los quiero”.
Entonces el oficial le dijo: “Entonces ya no os considero sabio sino un hombre ordinario. A todos los individuos que procrea, el Cielo les da el sentido necesario para saber comportarse; así pues vuestros hijos ya se espabilarían por si mismos. Para deshaceros de las riquezas molestas, sólo tendríais que repartirlas. Os preocupáis más de lo que le corresponde a un sabio. El sabio verdadero vive en este mundo como una piedra vive en el campo, sin apego a una casa, sin preocuparse de su comida. En tiempo de paz participa de la prosperidad común. En los tiempos difíciles, se ocupa de sí mismo y se desentiende de lo demás. Después de mil años, cansado de este mundo, lo deja para habitar entre los inmortales. Cabalgando una nube blanca, llega a la región del Soberano. Allí ninguna de las tres desgracias le alcanza: su cuerpo se mantiene durante mucho tiempo sin sufrimiento, ya no experimenta ninguna contradicción”.
Cuando hubo dicho todo eso, el oficial se alejó. Pero Yao corrió tras él porque le había reconocido como un sabio oculto y le dijo: “Tengo muchas preguntas que haceros”. “Dejadme tranquilo”, respondió el oficial.
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